17.11.09

el día feliz...

Se está arrimando un día feliz
como hace un barco tras sus meses.
Se está acercando un día de abril,
un día de abril se va a arrimar
a los finales de noviembre.

Y yo me apego más al mar,
me hermano doble de los peces.
Yo enciendo leña en el hogar
que vio brillar la tempestad
que guía el curso de estos meses.

Se está arrimando un día de sol,
un día de duendes en añejo.
Se acerca un pájaro feroz
zumbando al goce de tu olor.
Se acerca un tiempo de conejos.

Y a mí me escarba la ansiedad,
me escarba hondo, acá, en lo blando.
Me escarba simple de escarbar,
como para que se hunda más
el día feliz que está llegando.

(Silvio Rodríguez - El día feliz está llegando)

11.11.09



El sábado salimos a dar un paseo. Fue un paseo igual a todos, todos las semanas hacíamos el mismo recorrido. Tomabamos un colectivo, y después el tren; bajabamos en La Plata, cuando casi anochecía. Él me despertaba cuando estabamos por llegar, enojado por mi crudo sueño, y yo miraba exaltada por la ventana, como si fuera a encontrar algo que diferenciara a ese viaje de todos los otros. Bajamos, pisamos el andén.
La noche estaba fría y solitaria, el bullicio caluroso del tren nos había despistado. Nos miramos un par de veces, los dos sin decir nada, el silencio aparecía como un trabajo cuidado, como una flor que absorbe agua, callada, alimentándose. Y sin embargo, alguien tenía que quebrar esa tremenda calma, era nuestro deber, teníamos que hablarnos, preguntarnos hacia dónde ibamos a ir, y después de eso preguntarnos para qué, si ninguno quería hablar, si los dos queríamos estar ahí, en un andén, parados, mirándonos.
Pero bien, debíamos ir hacia algún lado, porque en estos tiempos nada puede esperar y algo teníamos que hacer. La tristeza era infinita, nos sentíamos terriblemente solos, las palabras nos habían invadido, infieles, bruscas, torpes.
Decidimos que sea la plaza. A la noche reinaba un aire fresco y nítido, los autos del día dormían. La calesita descansaba, la arena suspiraba, mojada. Nos sentamos debajo de un árbol de flores violetas, sacamos de la mochila unos sanguchitos, preparamos el mate. La plaza estaba iluminada y despertaba una belleza incontrolable; nosotros la contemplabamos absortos, agónicos. La luz nos permitía leer un libro de Borges y Bioy Casares que vos habías comprado -por 20 pesos, aclarabas, y es cortito y está tan bueno que me lo leí en una tarde- y leíamos algunos párrafos, como ese día en que tomabamos helados primaverales en lo de Luisito. "¿Hay algo de Dostoievski?" te preguntaba, y celebrábamos que estaban Kafka y Poe, estaban ahí, vivos, estaban escribiendo para nosotros. Sin que te dieras cuenta, pasó un largo rato, como ahora que me estás leyendo. Eran las diez de la noche, y notaste que ya no estabamos tristes; estabamos leyendo, estabamos hablando, pero estabamos en silencio.



Espacio Cultural Nuestros Hijos. ¡Sí! Nuestros increíbles, hermosos y amados hijos. Hebe de Bonafini

6.11.09

Asesinada

Me siento asesinada,
desesperante
caigo en un túnel oscuro
lleno de rabia.

Asesinada,
cuando escucho
cuando miro
cuando cierro los ojos
cuando no encuentro
cuando pierdo.

Me siento asesinada,
pero triste
es en mi política
es en mi desesperanza.

Asesinada,
por cada discurso perdonado
por las frases hechas
por las mentiras
que duelen,
que juegan,
que distancian,
que enloquecen.

Asesinada,
yo quiero estar asesinada
pero con otros
no ahora,
no con ellos.

Me siento asesinada,
y es caótico
que este afiche, que
este graffitti,
no me represente,
que no haya una letra
un mensaje
que me haga sentir
que no lo estoy,
que estoy viva, que
no me han asesinado.